31 mayo 2009
Una barbacoa en el parque
Tíbet
Esta historia empieza como un chiste, íbamos cuatro españoles, tres alemanes, dos filipinos, un argentino y una hongkonesa a conocer una de las caras más ocultas de China. Desde que salimos de Shanghai pasamos diez días fuera: en la provincia de Qinghai en Xining una noche, otra noche en el tren (25 horas en total de tren!), y el resto de días en el Tíbet. Elegimos ir en tren desde Xining, para poder aclimatarnos a la altura del Tíbet y evitar pasarlo regular como ocurre frecuentemente cuando se va en avión sin período de adaptación. La altura media en Tíbet son 4000 metros, y eso son muchos metros y el oxígeno ya no abunda… aunque el aire está más limpio no se respira igual. De hecho un poco de dolor de cabeza no te lo quita nadie, pero bueno, no fue nada grave.
Tíbet son varios mundos distintos, Lhasa y fuera de Lhasa, tibetanos y han, edad media y siglo XX (al XXI más bien no han llegado), templos y monasterios, lagos y montañas, agua y desierto, todo bajo la cima del mundo, el Everest, conocido en chino como Qomolangma.
El Tíbet poco a poco se va adaptando a la modernidad impuesta, pero aún sigue dependiendo del yak como parte fundamental de su forma de vida. ¿Qué sería de los templos sin la mantequilla de yak que hace las veces de combustible para las velas? ¿Qué carne comerían? ¿De dónde sacarían la lana? ¿Y la leche? ¿El queso? ¿El combustible para las estufas (el que no sepa de dónde sale que me lo diga)? ¿Animal para arar? Pero, como decía, la modernidad y la practicidad china se imponen, paneles solares para calentar el agua en todos los sitios en los que hay agua corriente, fuera de Lhasa no son tantos, cocinas solares por todas partes, carreteras asfaltadas e incluso parabólicas.
Aún nos sorprenden, sin duda, las costumbres de la gente. Yo no había visto nunca a nadie –sin eufemismos- cagar, y en Tíbet sin querer, vi en un mismo día dos personas. La gente, cuando va al baño (los baños no queréis más detalles, creedme), le da igual no cerrar la puerta, no tienen ese pudor aunque estén haciendo los ruidos más incómodos. Los niños no llevan pañales y generalmente van con las caras y las manos bastante sucias. Y yo pienso, si no tuviera más agua corriente que la que va en el arroyo recién bajada del deshielo, ¿acaso me lavaría muy a menudo? ¡Qué fácil es ducharse con el agua a 40º y la calefacción al salir!
Viajar por Tíbet sin duda es algo distinto que no cómodo, auténtico y espectacular, a pesar de las burocracias, los controles continuos, el dolor de cabeza… Se vuelven a apreciar cosas tan sencillas como una buena ducha, una ensalada fresca (fuera de Lhasa es complicado), o el acceso a Internet. Sin duda en Tíbet desconectas.
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